La Caída de una Edad, Cap I

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La Caída de una Edad, Cap I

Mensaje por ToaDarkon el Lun Feb 13, 2012 6:28 pm

NOTA: Los acontecimientos que ocurren en esta historia forman parte de un universo alternativo. Seguramente habrá muchos hechos que serían absurdos o incluso blasfemos de haber formado parte de la historia del Universo Central

BIONICLE
La Caída de una Edad

La guerra llegó, como una nube sombría portadora de muerte y destrucción. Los Makuta, antiguos sirvientes del Universo, y los seres más poderosos que en él habitan, dieron rienda suelta a su sed de poder. Crearon un ejército, con el que atacaron a todo lo que la luz del Gran Espíritu podía iluminar. Comandados por el gran Miserix, hordas ingentes de monstruosos rahi, diabólicos Rahkshi y poderosos Exo-Toa aterrorizaron a los pueblos libres del Universo, en un intento por conquistar y dominar.
Pero los pueblos de Mata Nui ofrecieron resistencia. Aliados por primera vez, todas las razas del Universo se enfrentaron al Enemigo. Su ejército igualó al de las sombras. Y a la cabeza, acaudillando las fuerzas liberadoras, seis héroes, creados con la misión de proteger al Gran Espíritu, lanzaron su contraofensiva: los Toa Nuva. Lucharon con fiereza y valor, y ganaron. Las fuerzas negras fueron destruidas. Sus fuertes y sus baluartes, arrasados. Sus líderes, ajusticiados, aun a costa de no cumplir el Código Toa. Una situación así no debía repetirse.
Para controlar la nueva situación, a los seis Toa les fueron dados seis territorios. A Tahu, Toa del Fuego, se le encargó el control de Metru Nui, la Gran Ciudad. A Lewa, Toa del Aire, Karzahni, el Continente Norte, el Continente Sur y las islas adyacentes. A Kopaka, Toa del Hielo, los territorios de la cadena isleña del Sudoeste, ahora habitados. A Onua, Toa de la Tierra, la cadena isleña del Sudeste. A Pohatu, Toa de la Piedra, las islas del Este. Por último, a Gali, Toa del Agua, las islas del Oeste.
Sin embargo, aunque la situación de estabilidad duró mucho, algo oscuro, algo malvado comenzó a gestarse. Algo nuevo, para lo que ningún Toa estaba preparado.

I. Traición

Damu era un Le-Matoran. Vivía y servía en Khamar, la Ciudad Verde, ubicada en el Continente Sur, bajo la sombra del Anillo de Hielo, desde el final de la Guerra. A los pies de la gran ciudad, que era capital del Reino de Lewa, fluía el río de Tren-Krom, dando de beber a los khamaritas con sus aguas cristalinas, alimentando la frondosa jungla que crecía, y que se extendía más allá del horizonte.
Su misión en la capital era simple: era parte de la guardia del archivo de la ciudad, donde muchas reliquias eran guardadas; donde permanecían ocultas las dos piedras Toa. Sin embargo, no se encontraba en su puesto. Estaba de permiso, ya había hecho mucho trabajo los días anteriores y había pedido a otro que lo sustituyera. En ese instante, recorría la alta muralla de la ciudad, disfrutando de la brisa, con el sol refulgiéndole en su verdosa e impotente Kanohi Arthron, mientras los guardias y los vigías paseaban de aquí para allá, precavidos, atentos, preparados…
Pero lo que ocurrió a continuación no fue previsto ni por el más sabio Turaga. No muy lejos, al sur de la ciudad, se oyó un fuerte estruendo, y se pudo observar una extraña ondulación en el mismo espacio, como si el aire se hubiera curvado. Los guardias y los vigías observaron, atentos a cualquier indicio de amenaza, sorprendidos. Damu, asustado, contempló también la maleza.
Entonces se produjo la explosión. Sin previo aviso, una columna de llamas hizo arder gran parte de la muralla. Fragmentos de roca y hierro candente salieron disparados. No hubo tiempo a que la guardia se organizase. Miríadas de Bohrok, de todas las castas, surgieron del follaje, consumiendo, destruyendo, limpiando. Entre ellos, altos, erguidos y vibrantes Toa del sonido, con su armadura gris lustrosa y bien pulida, espadas en ristre, marchaban como si nada, ignorando a los insectoides. A Damu le pareció que esos Toa controlaban a los Bohrok. Y tras las hordas, un ejército de Matoran y Toa, de varias clases, se acercaba a la ciudad, con los estandartes ondeando al viento.
Damu no se lo pensó. Su misión estaba bajo el Palacio, en el archivo. Cuando salió corriendo, bajando por las escalinatas de piedra e internándose en las calles, la guardia comenzaba a disparar contra los atacantes. Los Tahnok hacían estallar en llamas a la muralla, mientras los Lehvak la corroían, y los Nuhvok y los Pahrak la intentaban quebrar. Los Toa sónicos se mantenían con las espadas en ristre, vibrando.
Al llegar al palacio, y entrar por las puertas, Damu contempló como el Gran Lewa, Señor del Aire, con sus katanas a la espalda y su Kanohi Miru Nuva cubriéndole el rostro, le daba instrucciones a otro Toa del Aire, armado con una ballesta y portando una metálica Kanohi Suletu.
−…coordina las fuerzas defensivas en el flanco oeste, Kongu! –gritaba el Toa Nuva –¡Yo me encargaré del flanco este!
Entonces, Lewa se percató de la presencia del Matoran. Lo miró y se acercó a él. Iba con prisa. Algo estaba atacando su ciudad.
­¡Damu! ­le dijo ­¡Corre al archivo! ¡Sella la puerta! ¡Enciérrate dentro hasta que todo haya pasado! ¡No podemos permitir que encuentren lo que allí se guarda!
Damu asintió con energía, y obedeció. Corriendo, bajó las escaleras, dejando el vestíbulo del palacio de Lewa. Cada vez más profundo, Damu continuó bajando hasta que encontró un largo y alto pasillo, oscuro aun bajo la luz de las brillantes Piedras de Luz. Conocía bien ese pasillo, lo había recorrido miles de veces. Pero no así; no en guerra. Sin detenerse, continuó a la carrera, hasta que llegó a una enorme puerta. De ella salía una Matoran blanquiazul que portaba una Kanohi Mahiki.
­¡Eh! ­le gritó a la Matoran de la Electricidad ­¡Tú! ¡Entra de nuevo! ¡Corre!
La Matoran le miró extrañado, pero debió ver algo en él, quizá su preocupación, o quizá su modo de correr, y volvió a cruzar el oscuro umbral hacia el interior del archivo. Damu la alcanzó, y atravesó la puerta. Desde dentro, accionó la clave que iniciaba el protocolo de cierre y sellado. Se la sabía de memoria. Debía sabérsela de memoria. La puerta, enorme, se cerró y se aseguró. Estaban encerrados. Sendos Matoran quedaron sumidos en las más profundas tinieblas, solo rota por la tenue luz que emitían las reliquias más valiosas de archivo: las piedras Toa, que fueron creadas por un antiguo Toa cuyo nombre ya no es recordado.
­¿Cómo te llamas? ­preguntó la Matoran ­.
­Damu ­contestó él ­. ¿Y tú?
­Bomai.


En el campo de batalla, las katanas de Lewa no eran si no plateados y mortales rayos, que golpeaban a los enemigos con fuerza, mientras su portador giraba y rotaba, mientras se movía como lo haría el viento enfurecido. Y es que Lewa era como el viento, cambiante, rápido, impredecible. Con sus poderes, los ciclones y los tornados se elevaban orgullosos, arrastrando a Bohrok, Matoran y Toa enemigos por igual. Tras él, todo un ejército de Matoran y Toa, algunos montados en rahi, otros a pie, otros controlando poderosas máquinas de guerra, defendían con fiereza su ciudad de los atacantes.
Pero por cada enemigo caído, muchos otros surgían. Y también luchaban con fiereza, alentados por alguna maligna y oscura mente. Una mente que estaba a punto de revelarse. Lewa vio, no muy a lo lejos, como una corpulenta figura, encorvada, caminaba pesadamente hacia él. Su armadura negra reflejaba la luz de las llamas: el sol había sido tapado por el humo y el polvo. En cada mano portaba dos grandes sierras mecánicas, y su rostro iba cubierto por una Kanohi Pakari Nuva. Onua se acercaba a Lewa, lento, seguro, decidido, con el brillo de la guerra y la traición ardiéndole en sus ojos verdes.
­Como cambian los acontecimientos, ¿verdad, hermano? ­dijo con voz grave ­. Antaño luchamos codo con codo. Ahora nos encontramos enfrentados.
­¡Onua! ­exclamó Lewa, sin dar crédito a lo que veía y lo que oía ­. ¿Qué estás haciendo?
­Conquistar, hermano, conquistar ­respondió el negro Toa de la Tierra ­. Ahora no hay tiempo para explicarte mis motivos. Como verás, estamos en mitad de un ataque. Pero estaría encantado de contártelos algún día…si sobrevives a este, claro está.
­Hermano…hermano ­dijo Lewa, grave ­. Tú no eres mi hermano. Quizá lo fuiste, tiempo atrás. Pero hoy no lo eres. Hoy solo eres un traidor. Hoy no eres mejor que los Makuta de antaño.
Onua sonrió bajo su mascara. No era una sonrisa agradable. Era temible, como la que dedicaría un depredador a su presa. Entonces, más rápido de lo cabría esperar para su peso y tamaño, alzo los brazos, y la tierra se alzó con ellos. Como una onda de choque, se dirigió hacia Lewa, que saltó, y fue un salto grácil y alto.
Pero no cayó. Suspendido en el aire, Lewa convocó sus poderes elementales. El viento acudió, furioso como su amo, y giró con rabia y fuerza hacia el traidor. Pero los pies de éste se hundieron en la tierra. No, fue la tierra la que creció y fijó a Onua al suelo. El tornado no le afectó.
Pero tras el viento, vino la tormenta, no de agua y relámpagos, pero sí de metal. Lewa descargó sus katanas contra su antiguo hermano, que desvió los golpes con sus sierras. Lewa se había acercado demasiado; Onua lo sabía. Llamó a su máscara y ella respondió; potenció sus sistemas, les dio más fuerzas, y con toda esa energía, atestó en el vientre un golpe brutal a Lewa, quien salió despedido.
Al caer al suelo, Onua se le acercó. No le habló, no le dijo nada. Solo lo miró. Y lo único que vio Lewa en esa mirada verde fue frió. Ni rencor, ni ira, ni remordimiento. Simplemente, un frío seco, afilado y letal. El Toa de la Tierra levantó y activó su arma, y con un solo golpe seccionó la cabeza de su oponente.


Las puertas del archivo se abrieron. El ataque debió haber cesado. La poca luz del largo pasillo apenas iluminó la estancia. Algo no iba bien, Damu lo sabía, lo notaba de alguna manera. Estaba todo muy silencioso. Todo había parado de golpe. Sabía que el archivo ya no era un lugar seguro. Así que cogió una de las piedras Toa. Bomai le imitó.
Juntos, salieron de la oscura habitación, cruzaron el pasillo y subieron la escalera. Al cruzar las puertas del vestíbulo del palacio, solo vieron desolación. Las ruinas humeantes de su ciudad les impactaron. Los cadáveres, calcinados, mutilados, corroídos, se esparcían a miles por el suelo. Ellos dos parecían los únicos supervivientes.
Comenzaron a caminar entre la muerte y la destrucción, como en trance. Nunca supieron cuanto tiempo habían estado caminando: minutos, horas, días. Lo que si que recordaron fue el macabro descubrimiento que les hizo despertar. Un cuerpo enfundado en una verdosa y plateada armadura, tirado en el suelo, inerte, decapitado. Su posición era ridícula. Es increíble como lo más poderoso puede pasar en un segundo a ser lo más estúpido y nimio. Las katanas estaban tiradas en el suelo, cerca del cadáver. Damu las recogió. Y continuaron su camino. No quisieron mirar otra vez. No quisieron comentarlo.
Se dirigieron hacia el mar. Damu sabía, que no muy lejos de la costa, flotaba una pequeña islita que no muchos conocían, donde se elevaba una antigua construcción. Quería dirigirse ahí. Sabía que allí se sentiría seguro, y allí podría ocultar las piedras. Bomai le seguía a donde fuera. No tenía otro lugar a dónde ir.
En la playa había algunos botes de madera, antiguos, puestos allí deliberadamente por si alguien necesitaba de ellos alguna vez. Montaron en uno de ellos, y remaron hacia la islita. La construcción era muy antigua, y los hongos y las plantas trepaban por sus pareces redondeadas y sus altos pilares.
Una vez dentro, se dirigieron al centro. Allí, una estructura semicircular, no muy alta, esperaba que alguien la reclamase tras años de actividad. Ni Damu ni Bomai sabían que era un antiguo Suva, usado por los primero Toa.
Al verlo, todo fue automático. No se preguntaron por qué lo hacían. No querían. No podían. Simplemente lo hicieron. Nadie sabe si fue casualidad, o si alguna extraña entidad invisible les alentó a ello. Colocaron las piedras en el Suva, y este se activó. La luz fue cegadora. Ambos sintieron como su cuerpo se llenaba de energía, como cambiaba, como crecía, como obtenían unos poderes casi divinos. Su fuerza ahora estaba aumentada. Sus habilidades, listas para ser usadas. Sus máscaras, activadas.
Cuando Damu despertó, sabía lo que había pasado. Sabía lo que era ahora. Sabía cual era su misión.
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Re: La Caída de una Edad, Cap I

Mensaje por Danknestl el Mar Feb 14, 2012 11:26 am

O_O

Eso fué ÉPICO!!

Muy buen capítulo, errores mínimos, sigue así.

....no tengo más que decirXD...

P.D. Hoy me sentí mal y no fui a la escuela :trollface:
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Re: La Caída de una Edad, Cap I

Mensaje por Lianyu (Nagato Lover) el Mar Feb 14, 2012 1:44 pm

Jo, me había hecho ilusiones de que los protagonistas fueran meros Matoran D=

He de decir que tu narración es impecable y tu historia tiene muy buena pinta. Tienes errores ortográficos, pero son los que tenemos todos, que se nos pasan sin querer por alto. Por fin un digno rival, ya estaba cansando de contentarme con enfrentarme a novatos como Darkness.
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